domingo, 4 de noviembre de 2007

Zoo + Trigger Man

Amenazaba tormenta en Sitges, y como todos lo años, no se hizo esperar. Con un día tan gris, parecía normal que las dos primeras películas que había elegido para estrenar mi planning personal de esta edición, no aportaran ni tan siquiera un rayito de sol que alegrara el panorama. Más bien al contrario, a la salida de la proyección caían cubos de agua…y yo sin paraguas.
Una sesión doble donde se proyectaron Zoo y Trigger Man.
Zoo (Robinson Devor, EEUU, 2007) es un documental donde se exponen de manera soterrada los sentimientos y sensaciones de personas que practican el bestialismo, en un intento por comprender qué motivaciones se esconden tras esta parafilia. Se centra básicamente en el caso de un hombre que perdió la vida tras consumar relaciones sexuales con un equino, hecho clave que llevó a que se prohibiese tal práctica en Washington, donde hasta entonces no había ley alguna que contemplase tal hecho. Entre tanto, aquellos que investigan estos casos y hacen lo posible por salvaguardar a los animales.

Enseguida me vino a la cabeza el film Rohtenburg(Grimm Love Story)(Martin Weisz, 2006) que se presentó en la edición pasada del festival, en la que a través de internet dos personas con deseos antropofágicos, quedan para llevar a cabo aquello que anhelaban: uno de ellos ser comido y el otro comer a otro ser humano. En Zoo, al igual que en Rohtenburg, internet es el medio por el que estas personas se conocen y se reúnen para compartir sus más íntimos deseos. A pesar de una fotografía cuidada, y el tono intimista y discreto por el que Devor opta, los testimonios de aquellos que aportan sus voces pero no su imagen(por temor a posibles represalias), parecen no ser suficientes para mantener el interés durante todo el metraje.


Ti West vuelve a Sitges con Trigger Man, después de presentar en 2005 su ópera prima The Roost. En esta ocasión deja los murciélagos a un lado para contarnos la peripecia de un grupo de amigos que se adentran en un bosque ilusionados con la idea de pasar un día de caza. Pero como es de esperar, las tornas se vuelven y pasan a ser ellos la presa incauta de algún francotirador que parece divertirse mucho jugando al “corre, corre, que te pillo”. La idea es prácticamente idéntica a la que nos plantea El rey de la montaña (Gonzalo López Gallego,2007) que mantiene un pulso mucho más interesante y vertiginoso que esta. Ti West juega la baza de transmitir la sensación de normalidad y cotidianidad en una primera parte demasiado dilatada, para luego impactarnos cuando algo inesperado entra en escena. Rodada con cámara digital al hombro y bruscos movimientos, con la clara intención de dar percepción de cercanía, se trata de un engaño burdo, pues de esta manera pretende dar perspectiva subjetiva, cuando en realidad el cámara no está dentro de la historia, como ocurre en El proyecto de la bruja de Blair(Dan Myrick, Eduardo Sánchez, 1999) o en otras que se han podido ver este año en el festival, como Rec( Paco Plaza, Jaume Balagueró,2007) o Diary of the Dead(George Romero,2007). El acabado deja la falsa apariencia de film amateur sin que esté justificado en ningún sentido. Film de bajo presupuesto, que parece esforzado en esta seña de identidad.



sábado, 27 de octubre de 2007

Sitges 2007




Los días en Sitges han pasado. Sitges y su festival, en su cuadragésima edición. Días de cine y más cine. Ahora me sobreviene el típico síndrome post vacacional. La vuelta a la realidad después de una semana de pura ficción, es algo difícil de llevar. Algo así rezaba el spot oficial del festival:“40 años haciendo menos dura la realidad”.Pequeña pieza que se proyecta, para calentar motores, al comienzo de cada película, y que suele recordar a aquellos forasteros del lugar que, como yo, nos encontramos frente a un festival catalán donde gusta mucho decir esa coletilla de “festival internacional”, pero donde llevarlo a la práctica parece no agradar tanto. Después de asistir a cuatro ediciones consecutivas hay cosas que me siguen sorprendiendo muy a mi pesar. Que la programación de mano solo y exclusivamente esté disponible en catalán, o que se traduzca a algún invitado extranjero al catalán, son los típicos detalles por parte de la organización, que hacen mella en aquellos que ilusionados nos trasladamos a Sitges para saborear la magia que exhalan los kilómetros de película que esperan ser proyectados en esos días, para dar forma a ese espectáculo llamado cine, que debería unirnos a todos, en vez de distanciarnos.
Con el eje central dedicado a recordar una película como Blade Runner, esta edición prometía ser inolvidable. Después de 25 años, la película ha completado aforos en los diversos pases que han tenido lugar, lo que evidencia dos cosas fundamentales: que a pesar de los años transcurridos, la película sigue viva y que el número de cinéfilos por metro cuadrado congregados durante los primeros días de Octubre en Sitges, sobepasa cotas inimaginables. Y es que ver en la gran pantalla el último montaje de este film, en un formato totalmente digital, no es cosa para perderse. Las nuevas tecnologías han permitido revisar la cinta, mediante el aporte y la eliminación de pequeños detalles, orientados a pulir la imagen, que son casi inapreciables, hasta para el más denodado de los espectadores. Estas modificaciones fueron explicadas en un largo
post screening por el productor de esta nueva versión Charles de Lauzirika, el encargado de los efectos especiales Douglas Trumbull y el director artístico Syd Mead. Pronto tendremos en nuestras manos los numerosos dvds que formarán parte de la edición especial 25 aniversario, de donde podremos rescatar las cinco versiones que existen del film y todo lo que uno siempre quiso saber sobre Blade Runner pero nunca se atrevió a preguntar. Se echó de menos la presencia de Rydley Scott, como en la edición pasada la de David Lynch, en un homenaje a su filmografía y a Blue Velvet en especial, que resultó insulso e insuficiente. Por otra parte, el contar con la presencia de George A Romero, que recogió el gran premio del festival, amortiguó en gran medida la decepción por la ausencia de Rydley Scott.
Algo destacado este año es la abundancia de títulos españoles, lo que invita de nuevo a remover planteamientos y cuestionar por enésima vez el estado de crisis permanente del cine español, proporcionando un halo de esperanza al panorama, tras las estadísticas y encuestas varias que hace poco dejaban a la luz la pésima opinión del espectador medio sobre el cine made in Spain. Más en concreto, se ha dado una firme apuesta del festival por la cantera de nuevos realizadores nacionales, casi todos ellos provenientes del mundo ( ¿o debería decir submundo?) del cortometraje, con títulos como El orfanato de J.A.Bayona, que fue la protagonista en la inauguración, Los Justos de Manu Carballo, el film de animación Nocturna, de Víctor Maldonado y Adrià García, La habitación de Fermat, de Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña o Los Cronocrímenes de Nacho Vigalondo, entre otros. Pero la presencia de operas primas en el festival ha traspasado fronteras y se han podido ver trabajos como À l'intèrieur, de Julien Maury y Alexandre Bustillo; Danniponjin, de Hitoshi Matsumoto; First Snow, de Mark Fergus; Frontière(s), de Xavier Gens;; Joshua (El hijo del mal), de George Ratliff; The Nines, de John August; The Signal, de David Bruckner, Dan Bush, Jacob Gentry; Teeth, de Mitchell Lichtenstein y Tres Minutos, de Diego Lublinski.
Tras el abierto apoyo al cine español desde Sitges, todos parecíamos algo más optimistas y se comenzaba a hablar de una“nueva ola”. Sin embargo, todo esto vuelve a quedar en la sombra, tras conocerse el último despropósito por parte de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. Su pretensión es la de suprimir la entrega de premios a los cortometrajes ganadores en la Gala de los Goya, en un intento por aligerar una ceremonia que siempre resulta plomiza, por más que se esfuercen. Yo, desde aquí, les sugiero que comiencen por deshacerse de los guionistas con los que cuentan, que destrozan el certamen año tras año, antes de dar el paso de retirar uno de los pocos apoyos que existen por parte de las instituciones competentes, a una plataforma como es el cortometraje, por la que han pasado en sus inicios todos los que ahora son aplaudidos en las alturas. La Academia ningunea a un sector, ya de por sí desprotegido, que son autores de auténticas obras de arte aunque su metraje sea menor. Todo esto es chocante y va a contracorriente. Hoy en día la única forma para poder ver cortometrajes es a través de internet o de los numerosas muestras que cuentan con un público interesado en este formato, que sin duda es cada vez más amplio. Por todo esto y algunas lindezas más, se ha abierto una web para formalizar esta queja que se hará llegar a la Academia, para que los señores académicos, que son muy dados a la reflexión, paren esta insultante iniciativa. Para los más despistados, aquí podréis encontrar más información y colaborar en la recogida de firmas: www. indignados.org .
En los próximos días haré un repaso de las películas más destacadas de Sitges 2007. ¡¡¡¡Permaneced atentos!!!!

sábado, 21 de julio de 2007

Fast Food Nation

Dirección: Richard Linklater. Interpretación: Greg Kinnear, Patricia Arquette, Bobby Cannavale, Paul Dano, Luis Guzmán, Ethan Hawke, Ashley Johnson, Kris Kristofferson, Avril Lavigne, Esai Morales, Catalina Sandino Moreno, Lou Taylor Pucci, Ana Claudia Tlanacón, Wilder Valderrama. Guión: Eric Schlosser, Richard Linklater.Producción: Jeremy Thomas, Malcolm McLaren. Música: Friends of Dean Martinez. Fotografía: Lee Daniel. Montaje: Sandra Adair. Diseño de producción:Bruce Curtis. Vestuario: Kari Perkins,Lee Hunsaker. Año: 2006 . Paises: USA, Reino Unido. Duración:114 min.
Hace tres años pudimos ver en Super Size Me cómo un suicida Morgan Spurlock se sometía cual cobaya a un experimento nutricional con el propósito de evidenciar los desproporcionados daños que suponen ingerir de manera habitual la comida basura que vende McDonalds, en los establecimientos apostados en cada una de las esquinas de las grandes ciudades, llamando la atención de los transeúntes con su particular payaso de sonrisa endiablada. En tan solo un mes, su hígado se convierte en paté, su estado anímico se ve modificado de manera radical y los médicos que le hacen el seguimiento levantan la bandera roja en señal de alerta.

Tras su visionado, hasta el más gordinflas comedor de McDonals hizo propósito de enmienda y dejó durante un tiempo de frecuentar las grasientas y mugrientas mesas de lugares semejantes. Pero por desgracia, los aditivos son demasiado fuertes, y con el tiempo se termina cayendo en la tentación. Sin embargo, la lucha por desenmascarar a los ambiciosos vendedores de hamburguesas-mata-sanos es incesante. Hace una semana se ha estrenado Fast Food Nation, dirigida por Richard Linklater, realizador de las originales Walking Life(2001) y A scanner darkly(2006), y de las románticas Antes del amanecer(1995) y Antes del atardecer(2004), entre otras, dentro de una filmografía irregular.
Fast Food Nation es un film de ficción basada en la novela homónima de Eric Schlosser que tuvo gran repercusión. Se llegó a convertir en el best seller de la contracultura. Parece que tiene todos los ingredientes posibles a partir de los que confeccionar un documental, sin embargo, tanto Linklater como Schlosser, contemplaron desde un principio la idea de mantener el modelo original de historia de ficción.

Tres estratos sociales diferentes, tan dispares entre si como los puestos de trabajo que representan y las labores que desempeñan dentro de la cadena de comida rápida Mickey´s: inmigrantes mejicanos que han atravesado la frontera a duras penas en busca de un trabajo honrado que les permita una vida mejor en “el país de las oportunidades”, conviven hacinados en una habitación junto con otros compatriotas mientras descubren que el trabajo que anhelaban se encuentra en un matadero donde lo que prima es la mano de obra rápida que permita la producción a espuertas de carne vacuna, sin tener en cuenta en absoluto ni las condiciones sanitarias del alimento ni la seguridad laboral de sus trabajadores
Estudiantes universitarios que trabajan preparando millones de hamburguesas que embucharán los consumidores de comida rápida, con el propósito se sacar algo de dinero mientas terminan sus estudios. Son conscientes de que la comida que sirven es basura, representan a una juventud que intenta ir más allá de lo que les intentan vender, están a favor de movilizarse e intentar cambiar en la medida de sus posibilidades un sistema que se adivina corrupto por los magnates que dominan el cotarro. Una juventud que se hace necesaria en la sociedad del engaño.

El personaje que interpreta Greg Kinnear, es un alto cargo dentro de Mickey´s, uno de esos ejecutivos comerciales que estudia a fondo el comportamiento humano para con su supuesta inteligencia y visión de mercado, poder engañar al consumidor de la manera más grotesca y vil, con tal de sacar unos beneficios más que considerables. Es consciente de que existe un alto porcentaje de excremento en la carne de sus productos, debido a su mala manipulación. Es decir, todo un experto en vender una mierda perfectamente envuelta, con aditivos que enmascaran el hedor que, característica intrínseca, cualquier mierda exhala.

El film cuenta con un buen número de cameos entre los que se encuentra su habitual Ethan Hawke, Patricia Arquette, Bruce Willis o Avril Lavigne, cuyas apariciones, parecen ser más un empujón al discurso aportando sus caras conocidas. Porque a pesar de la utilización de algunas imágenes fuertes que nos muestran la forma de sacrificar a los animales (que sin duda rechinan con el tono general de la cinta), queda la sensación de que los diálogos no son suficientemente contundentes, todo queda un poco a medias tintas, como si Linklater quisiera evidenciar la situación pero sin definirse, quedándose en la distancia, utilizando una serie de personajes que supuestamente representan la Nation que figura en su título, pero que se reducen a meros estereotipos.

Algo a destacar del guión es que gran parte de la acción está en manos del grupo de mejicanos, por lo que más de un tercio de la película está hablada en castellano, algo que no suele ser muy común en producciones americanas.

Sin duda, una excepción dentro de los estrenos estivales, que se enfrenta a la durísima competencia de coches que se transforman en androides, magos en plena pubertad, piratas con pluma que pierden tinta y ogros verdes malolientes.

domingo, 15 de julio de 2007

Mi vida sin mí



Cuando aflora la vena flagelante que una lleva dentro, en los momentos de pesadumbre y desazón, en los que es difícil encontrar consuelo, decide rescatar de entre su humilde filmoteca una película como Mi vida sin mí.

Aquí os dejo un pequeño fragmento, una reflexión con la que abre el film. Ann, la protagonista,se sirve de pocas palabras para describir la sensación de estar viva. Esas cosas, que por nimias que parezcan, desearías haber hecho antes de morir. Porque cuando hayas muerto, no sentirás nostalgia por aquello que no has sabido disfrutar a tiempo. Porque los muertos no sienten nada. Ni siquiera nostalgia.

"Esta eres tú. Los ojos cerrados, bajo la lluvia.
Nunca imaginaste que harías algo así.
Nunca te habías visto como…no, no se cómo describirlo, como…una de esas personas a las que les gusta la luna o pasan horas contemplando el mar o una puesta de sol.
Seguro que sabes de qué bien te estoy hablando.
O tal vez no.
Da igual, a ti te gusta estar así.
Desafiando el frío, sintiendo cómo el agua empapa tu camiseta y te moja la piel.
Y notar cómo la tierra se vuelve mullida bajo tus pies.
El olor y el sonido de la lluvia al golpear las hojas.
Todas esas cosas que dicen los libros que no has leído.
Esta eres tú. Quien lo iba a decir. Tú"

domingo, 8 de julio de 2007

Takeshis

Dirección, Guión: Takeshi Kitano. Interpretación:Takeshi Kitano, Kotomi Kyono, Ren Osugi, Susumu Terajima,Akihiro Miwa, Producción: Masayuki Mori, Takio Yoshida. Música:Nagi. Fotografía: Katsumi Yanagishima.Montaje: Yoshinori Oota, Takeshi Kitano.Diseño de produción: Norihiro Isoda. Vestuario: Yohji Yamamoto. País: Japón. Año: 2005 Duración: 108 min

Takeshi´s dead

Cuatro eran las candidatas. Todas ellas películas en cartelera que representaban una apuesta respetable y coherente para pasar un buen rato en la tarde de sábado. Quizás por eso, la indecisión era tremenda: por un lado Last days, último proyecto de Gus Van Sant, perteneciente a la que ya se ha venido a llamar “trilogía de la muerte” (si, lo se, si no habéis visto alguna de estas tres películas, os acabáis de percatar de un detalle importante: en todas ellas muere gente). Sin duda, una muy buena opción, pero el ánimo requería algo con más ritmo y no tan contemplativo.

Por otro lado, un documental llamado Réquiem por Billy el niño, ópera prima de Anne Feinsliber. Es extraño que me llamase la atención este film, dado mi prejuicio desmedido e irracional (como todos) a los westerns, pero me pareció curioso que planteara los vínculos existentes entre Billy el niño y Arthur Rimbaud. Algo que a pocos de les hubiera pasado por la cabeza. Sin duda, una rareza.

Para cumplir con la cuota de pantalla, otra de las opciones era la española ¿Por qué se frotan las patitas?, comedia musical, ópera prima de Álbaro Begines, ha sido reestrenada (se estrenó en noviembre del 2006 sin pena ni gloria) para probar mejor suerte tras una promoción algo más enérgica. Podría resultar una buena alternativa, en la que las risas refrescaran la tarde calurosa y sofocante, pero para qué engañarnos, de eso ya se encarga el aire acondicionado de las salas, esforzado en congelarle la sonrisa y lo que haga falta, hasta al más ardiente de los cinéfilos.

La elegida entre las demás, la que a priori satisfaría nuestras pretensiones en esa tarde de sábado: Takeshis, la última aberración de Takeshi Kitano. ¿Qué ha ocurrido con el Takeshi, autor de grandes obras como Violent Cop(1987), Boiling Point(1990), Sonatine(1993),o sin retrotraernos tanto, la magnífica Zatoichi(2003)?

Es duro reconocer, cuando has admirado prácticamente toda la filmografía de un director, que su última obra estrenada en España sea un fiasco de la peor calaña. Simplemente decepcionante.
Takeshis no tiene ni pies ni cabeza, por lo tanto, no me voy a molestar en intentar explicar su sinopsis, ni en entresacar lo que, en teoría, Kitano ha querido construir como intrincado film repleto de artefactos, enlaces del subconsciente de sus personajes, confección de varias capas de realidades que se superponen. ¿No os recuerda esto al mismísimo David Lynch? Sin duda, este Takeshis es un burdo acercamiento a ese mundo lynchiano, pero no hay parangón posible. Sí, es cierto, Mulholland Drive, al igual que Inland Empire, desde el punto de vista argumental, son casi inaccesibles, pero David Lynch, en su experimentación más aguzada tiene el poder de atraparte y envolverte en su singular submundo de atmósferas y música inquietantes.

En la sala, sufrimos a un espécimen no pensante que no paraba de asustarnos a todos con sus carcajadas compulsivo-esquizoides, que se activaban cada cuatro segundos, sin ton ni son, y que no hacían más que desquiciar a los presentes, que intentaban comprender a un Kitano empeñado en recurrir a gags supuestamente descacharrantes (algunos sí lo son) a lo largo y ancho del film. Un Kitano sin rastro del carisma actoral que un día tuvo, pero que no ha sabido conservar. Tal vez, sí sea este el proceso de destrucción creativa al que muchos apuntan. Kantocu Banzai (2007), su última obra presentada en Cannes, ha sido rechazada.

Lo más preocupante es que esta obra no es fruto de una locura poco ensayada ni meditada, sino que ha sido el deseo que ha venido mascando Kitano desde hace años, y que por problemas de producción no ha podido llevar a cabo hasta ahora. ¡Y en qué hora!

jueves, 7 de junio de 2007

Niños que nunca existieron

Director: David Valero Productoras: IBCinema, Jaibofilms Guión:David Valero.Interpretes: Kettani Tabbai, Aziz Arbaoui. Fotografía: Enrique Vasalo. Montaje: David Valero.Productor ejecutivo:José Fernando Vigo, Miguel Molina. Jefe de producción: Esther Carretero. Montaje de sonido:José Luis Vázquez. Música:Leandro Martínez. Diseño artístico: Kamestudio

Pequeño gran tesoro

Para comenzar, una pequeña confesión: la que suscribe estas humildes líneas, cinéfila como se considera, nunca se ha sentido atraída por el visionado de cortometrajes. Sí, no os llevéis las manos a la cabeza, sé que es algo para ocultar, pero desde hace poco estoy intentando poner remedio a esto.
El mundo de los cortometrajes siempre me ha parecido un circuito cerrado de no fácil acceso, aunque no hay duda de que esta situación está cambiando mucho en los últimos años. Cada vez tiene una presencia más consolidada en los grandes festivales, por no decir que actualmente es raro el certamen que no cuenta en su programación con el apartado dedicado a cortos, de tal manera que hoy en día se está dando una amplia proliferación de festivales dedicados con exclusividad a su difusión, que pueblan tanto el territorio nacional como el internacional: desde los más consolidados como el de Clermont-Ferrand o “ Alcine” de Alcalá de Henares con sus treinta y treinta y cinco años de historia, respectivamente, pasando por los no tan longevos pero que, en poco tiempo, se han sabido hacer un hueco importante, como el “Almería en corto”, que acaba de clausurar su sexta edición, hasta los recién llegados como el “Ateneo en corto- coste cero”, centrado en trabajos de muy bajo presupuesto que no han obtenido subvención alguna.
En los últimos años se ha abierto mucho la ventana: existen espacios en la televisión, que aunque todavía minoritarios, programan muestras de cortos que han sido premiados; podemos comprar en dvd varias ediciones que compilan los trabajos de directores que dieron el salto a la elaboración de largometrajes gracias al reconocimiento previo de sus cortos, o de autores ya más que consagrados, de los que a penas se conocen sus comienzos. Existen incluso festivales por Internet, plataforma que sin duda ha facilitado enormemente el acceso al visionado de estos trabajos. Estos avances se han podido dar gracias a un cada vez más amplio apoyo por parte de las organizaciones competentes, que aunque no cabe duda de que todavía queda mucho camino por recorrer, de seguir así, cada vez serán más numerosas y mayores las oportunidades para aquellos que están empezando, principiantes que utilizan este medio a modo de aprendizaje o, simplemente, como una forma más para contar pequeñas historias o atreverse con algo más experimental, siempre con la constante de batallar con un presupuesto ajustado, que suele ser el gran muro al que se tienen que enfrentar.
A todos nos sorprendió que cortos españoles tuvieran la suficiente difusión como para poder llegar a competir en los Oscar, los premios de la gran industria por antonomasia, donde darse a conocer no es fácil. Por eso es tan importante la existencia de agencias impulsoras para la distribución de este formato. Tal vez algún día sea habitual el estreno de cortometrajes en salas comerciales destinadas al gran público, donde se proyecten cada viernes junto a sus hermanos mayores.
El corto que nos ocupa hoy, Niños que nunca existieron, es un claro ejemplo de que existen pequeñas grandes obras por descubrir, que necesitan una oportunidad para darse a conocer y salir a la luz, para que todos los aquellos que amamos el cine podamos contemplarla. David Valero, director de este trabajo, tenía claro a edad muy temprana que se dedicaría al cine. Su trayectoria se remonta a cuando contaba con doce años. Tiempo más tarde, no puede evitar esbozar una sonrisa cuando se le pregunta por sus comienzos, cuando con Bloody Field (1989) y otros cortos caseros, empezó a descubrir los secretos y posibilidades que años después le ofrecería el cine. Su trayectoria es la de un autodidacta que ha aprendido los engranajes de la cinematografía desde adentro, en contacto directo con la profesión, de rodaje en rodaje, donde ha desempeñado importantes labores de colaboración, junto a Adán Aliaga (La casa de mi abuela), quien le ha transmitido gran parte de su buen hacer en cine. Hasta la fecha ha dirigido casi una veintena de cortometrajes, la gran mayoría amateur, que le han servido de aprendizaje, rodados en vhs, s-vhs, hi8 y digital, y otros más recientes, premiados en algunos festivales: Mi novia Marta (2000), Princesa (2001), Un día de oleaje en Torremolinos (2003), este último a modo de sketch cómico, muy ameno y divertido.
Tal vez resulte demasiado directo y atropellado, pero no hay por qué andarse con rodeos: Niños que nunca existieron es un cortometraje ejemplar, tanto en su composición y aspecto técnico como en su contenido y compendio final. Pese a contar con un presupuesto ajustado, David Valero ha demostrado sobradamente mantenerse firme y constante frente su propósito inicial. El proceso de elaboración no ha sido un camino de rosas: un rodaje en 35 mm de diecisiete días intensos, con algún que otro contratiempo (como suele ser habitual), sumado a un periodo de posproducción más dilatado de lo que cabría esperar, pero siempre meticuloso y cuidando al máximo el detalle, a pesar de tener que delegar parte de este trabajo a los grandes estudios, donde supuestos profesionales que deberían garantizar una labor irreprochable, en casos particulares muestran poca o nula consideración hacia dicho trabajo.
David Valero apostó fuerte por un equipo formado principalmente por gente con apenas experiencia en cine, que no solo no le han decepcionado, sino todo lo contrario. Claro ejemplo de esto son los niños actores, que hacen gala de una naturalidad y una frescura sorprendentes en sus interpretaciones, tanto que se hace difícil creer que no hubieran tenido alguna experiencia previa. A pesar de dicha impericia, todos ellos se comprometieron con el proyecto plenamente, con la motivación de hacer las cosas lo mejor posible. El resultado de ese empeño no ha podido ser mejor.
La historia de Niños que nunca existieron nos traslada a una realidad no tan lejana como podríamos creer, donde los niños sobreviven a su árida infancia y aprenden a adaptarse a un medio de constante amenaza, en el que el sonido de los disparos es casi el único murmullo que resuena en su entorno. Guerra de guerrillas, guerrilleros infantes que ciñen contra su menudo cuerpo el arma cargada por cuya mirilla se asoman a una existencia devastadora que apenas alcanzan a entender. Partiendo de la premisa, la cinta se encuadra próxima al cine de protesta y denuncia, pues pese a ser una obra breve, tiene discurso y contenido suficiente para la reflexión. Sus veinte minutos de metraje son un lapso, como una ventana a la que te asomas, la brutal transparencia te abofetea de manera inesperada, como un frío viento polar, dejándote el corazón helado. Una vez sobrecogido, cierras a toda prisa esa ventana para reencontrarte de nuevo con tu cómoda realidad.
En el tramo final del film, David Valero ha apostado por un portentoso cierre. Emplea el apartado destinado a los títulos de crédito como epílogo, es la continuación y resolución de la historia, donde sutilmente nos relata la suerte que corre uno de los protagonistas. Todo en un alarde de originalidad e ingenio que sin duda dejará con la boca abierta hasta al más despistado.
Destacaría, entre otros aspectos, el poder de las imágenes. A pesar de contar con muy escasos diálogos (rodados en árabe), las imágenes se caracterizan por su gran fuerza narrativa, cualidad del mejor cine mudo, que explotaba al máximo el potencial de cada uno de los fotogramas para con lo esencial: transmitir al espectador una idea y así sacar el máximo partido. La banda sonora, formada por melodías árabes, está escogida con buen gusto. Música e imágenes se comprenden a la perfección. Un placer para los sentidos…
Todo está preparado en Alicante, ciudad natal del director, donde se estrenará Niños que nunca existieron, el próximo 6 de julio. A partir de entonces, este pequeño gran tesoro emprenderá el periplo de festivales, donde -es fácil augurar- logrará sorprender tanto al público como a los jurados y a la crítica por igual, cosechando múltiples premios que, sin duda alguna, merece.
David Valero, cabeza inquieta donde las haya, ya está inmerso en un nuevo proyecto, el que será su primer y prometedor largometraje, llamado Absence, una historia de intriga con mucho de género fantástico y terror psicológico. Pero para eso, todavía tenemos que esperar. Ahora disfrutemos del cine en estado puro con Niños que nunca existieron (www.nqne.com).


África Sandonís Consuegra

sábado, 12 de mayo de 2007

The Fountain





Dirección: Darren Aronofsky Guión: Darren Aronofsky Producción:Iain Smith, Eric Watson, Arnon Milchan Intérpretes: Hugh Jackman, Rachel Weisz, Ellen Burstyn, Mark Margolis, Sean Patrick Thomas Fotografía: Matthew Libatique Música: Clint Mansell Montaje: Jay Rabinowitz Diseño de Producción: James Chinlund País: EEUU Año: 2006 Duración: 97 min

La fuente de la incomprensión
Después de un obligado retiro a un lugar apartado de cualquier mínimo resquicio de felicidad, allá en los infiernos donde los enfermos cumplimos condena y los médicos creen curar, donde en ocasiones surrealistas un mísero caldo insustancial puede llegar a ser como el manjar que todos los dioses degustaron, intento recuperar poco a poco mi querida rutina, buscando incesante la energías renovadas de las que he oído hablar. Pero tranquilos, en este tiempo no creáis que he abandonado mi pasión por el cine, entre botella y botella de suero, he tenido el tiempo suficiente como para aprovisionarme de mi querido portátil y poder degustar (aunque, sin duda, con un regusto algo amargo), varios dvds, algunos que he vuelto a revisar y otros que tenía pendiente por descubrir. Eso, queridos amigos, es lo que me ha curado.

Tras mi salida, decidí volver a ver en la gran pantalla The Fountain, película que ya había podido ver en la última edición del festival de Sitges. Como decía antes, es curioso cómo un estado de ánimo concreto, normalmente resultante de las diferentes circunstancias que nos rodean en un momento determinado, puede influir de manera más que demostrada en que podamos disfrutar en mayor o menor medida de un film.
Pese a convertirse en la película más esperada de Sitges 2006, lo que supone una predisposición más que suficiente para que el último trabajo de Aronofsky nos entrase directo a la yugular, proporcionándonos a todos un soplo de vida, ese buen sabor de boca que todos deseábamos, en mi caso no fue así. Puede ser que las expectativas fueran demasiadas. Seis largos años de espera para poder ver por dónde caminaría Aronofsky son muchos. Todos pensábamos que algo bueno se estaba gestando, a pesar de los rumores que iban y venían sobre los problemas de producción que no hacían más que retrasar la salida a la luz de la nueva criatura. Según declaraciones del propio director, la película que hubiésemos podido ver en caso de que Brad Pitt no se hubiera descolgado del proyecto, hubiese sido radicalmente diferente a la que finalmente hemos visionado. A pesar de la decepción de aquel momento, en el que no supe con certeza en qué había fallado Aronofsky, solo sentí que no me había transmitido, me dejó demasiado indiferente, sin embargo tuve claro que en cuanto se estrenara, volvería a verla en la gran pantalla, quería darle una segunda oportunidad, precisamente, por mi confusión en aquel momento, por mi incapacidad para argumentar el por qué del desencanto.

¿Qué ha cambiado esta vez, para que mi opinión sobre el film sea radicalmente diferente? De no haber percibido un ápice de sentimiento, a descubrir un mundo de sensaciones a flor de piel, como ese árbol lleno de vida que se estremece ante la cercanía de una mano. Algunos films requieren un esfuerzo extra por parte del espectador para poder alcanzar el nivel de comprensión adecuado para conectar con la película, sobre todo cuando la trama encierra alguna dificultad argumental, como creo que es el caso de The Fountain, donde existen diferentes estratos superpuestos. El protagonista encarna a tres hombres en contextos y tiempos muy diferentes. Comparten un objetivo común, que sin duda es lo que los une. Son tres identidades indisolubles de un mismo ser, cuyo afán es tan imposible como tenaz en su propósito: conseguir la vida eterna, poder combatir algo tan común como es la enfermedad, que en definitiva, es la que nos arranca la vida. Cada identidad lo buscará incesantemente por caminos distintos: el científico, es la figura racional y terrenal. Se enfrenta sin resignación alguna a la búsqueda de una cura para la enfermedad que padece su amada, mediante la repetición incansable de experimentos que prueben el principio activo de una planta con supuestos poderes anticancerígenos. El conquistador del siglo XVI, personaje de una novela que está siendo escrita por Izzi ( Rachel Weisz), con su valentía escudriñará una localización estratégica hasta encontrar el árbol que le otorgará la vida eterna a él y a su reina. En tercer lugar, el asceta, recluido en la burbuja de la espiritualidad plena y absoluta, que con su combinación de hierbas a modo de bálsamo intentará encontrar el consuelo y alivio necesarios para afrontar con madurez espiritual algo tan inevitable como es la muerte. La preocupación y lucha de estos tres seres es atemporal, tan antigua y tan reciente como la humanidad misma.
En realidad, el motor precursor de la historia que Aronofsky nos cuenta, no es ni más ni menos que el sentimiento de profundo amor que siente la pareja protagonista, interpretada maravillosamente por Hugh Jackman y Rachel Weisz (no puedo imaginar en estos papeles a Brad Pitt y a Cate Blanchett, que fueron los primeros candidatos) unidos como nunca y a la vez alejados poco a poco por una enfermedad irreversible.

Algo tan manido como puede ser una historia de amor, aquí resulta, por la forma en que es contada, algo tremendamente original y por consiguiente arriesgado. Muchos de sus seguidores se sentirán defraudados, entre otros motivos por tener muy poco en común con sus dos anteriores proyectos, lo que a mi entender, es un punto a su favor. En sus dos anteriores trabajos dejaba claro que es un director de difícil clasificación. Con π Fe en el caos (1998) nos presentó una historia en blanco y negro nada convencional con aires de trabajo experimental, en la que un matemático aquejado de fuertes jaquecas asevera en los primero minutos de metraje: “Reitero mis sospechas. 1) Las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza.2) Todo lo que nos rodea se puede representar y entender mediante números…”. A partir de ahí se desarrolla una intriga conspirativa en la participarán desde un judío sectario hasta una firma de Wall Street.
Dos años más tarde, se puso manos a la obra con Requiem for a Dream(2000). En esta adaptación de la obra homónima de Hubert Selby Jr., Aronofsky quería plasmar el oscuro mundo que se crea tras el consumo descontrolado de drogas, todo desde la subjetividad de sus personajes, para lo que recurre al empleo de técnicas nuevas o poco vistas. Gracias al éxito cosechado con esta película, se le abrieron las puertas. Por sus manos pasaron proyectos nuevos donde poder elegir, algunos tan golosos como dirigir Batman Begins que finalmente llevó a cabo Christopher Nolan.
Es posible que muchos tachen a The Fountain de proyecto grandilocuente y pretencioso, lo que no me atrevería a rebatir. Sin duda el deseo de Aronofsky ha sido ambicioso.Siempre le ha preocupado qué contar, trabajar sobre una historia con empaque, pero sobre todo el cómo contarlo, dejando a un lado formulismos, y protocolos que seguir al dedillo. Con The Fountain, Aronofsky ha querido dar un paso de gigante. Ha tirado para adelante contra viento y marea, tomándose su tiempo. Nada en esta película es capricho del azar, todo está meticulosamente pensado, su intensidad estudiada, pincelada tras pincelada impregnada con sumo cuidado, hasta lograr conformar este gran cuadro, frente al que si salta la chispa necesaria, quedarás hipnotizado contemplando la poética transcrita en sus imágenes, a ratos demasiado oscuras, a ratos resplandecientes, como es la propia vida. La música, de nuevo de Clint Mansell cumple a la perfección su cometido, acentúa el potencial visual de la cinta.

Sin embrago, como punto negativo de este conjunto sobresaliente, destacaría la resolución final como excesiva y rimbombante, que tiene lugar como colofón de la ostentación que había desarrollado a lo largo del film.

Ha tenido una gélida acogida en el festival de Venecia, donde por lo visto, se llegaron a escuchar abucheos, o como pude observar en la reacción de la gente que me acompañaba en la sala. Tal vez el error esté en pensarla, es una película para sentir. Quien sabe si The Fountain sea una de esas películas incomprendidas en su propio tiempo y un buen día, la crítica especializada mire hacia atrás, y como en otras ocasiones se pregunte a sí misma por qué esta obra ha sido tan maltratada y tan poco entendida. Quizás sea solo cuestión de perspectiva.