domingo, 8 de julio de 2007

Takeshis

Dirección, Guión: Takeshi Kitano. Interpretación:Takeshi Kitano, Kotomi Kyono, Ren Osugi, Susumu Terajima,Akihiro Miwa, Producción: Masayuki Mori, Takio Yoshida. Música:Nagi. Fotografía: Katsumi Yanagishima.Montaje: Yoshinori Oota, Takeshi Kitano.Diseño de produción: Norihiro Isoda. Vestuario: Yohji Yamamoto. País: Japón. Año: 2005 Duración: 108 min

Takeshi´s dead

Cuatro eran las candidatas. Todas ellas películas en cartelera que representaban una apuesta respetable y coherente para pasar un buen rato en la tarde de sábado. Quizás por eso, la indecisión era tremenda: por un lado Last days, último proyecto de Gus Van Sant, perteneciente a la que ya se ha venido a llamar “trilogía de la muerte” (si, lo se, si no habéis visto alguna de estas tres películas, os acabáis de percatar de un detalle importante: en todas ellas muere gente). Sin duda, una muy buena opción, pero el ánimo requería algo con más ritmo y no tan contemplativo.

Por otro lado, un documental llamado Réquiem por Billy el niño, ópera prima de Anne Feinsliber. Es extraño que me llamase la atención este film, dado mi prejuicio desmedido e irracional (como todos) a los westerns, pero me pareció curioso que planteara los vínculos existentes entre Billy el niño y Arthur Rimbaud. Algo que a pocos de les hubiera pasado por la cabeza. Sin duda, una rareza.

Para cumplir con la cuota de pantalla, otra de las opciones era la española ¿Por qué se frotan las patitas?, comedia musical, ópera prima de Álbaro Begines, ha sido reestrenada (se estrenó en noviembre del 2006 sin pena ni gloria) para probar mejor suerte tras una promoción algo más enérgica. Podría resultar una buena alternativa, en la que las risas refrescaran la tarde calurosa y sofocante, pero para qué engañarnos, de eso ya se encarga el aire acondicionado de las salas, esforzado en congelarle la sonrisa y lo que haga falta, hasta al más ardiente de los cinéfilos.

La elegida entre las demás, la que a priori satisfaría nuestras pretensiones en esa tarde de sábado: Takeshis, la última aberración de Takeshi Kitano. ¿Qué ha ocurrido con el Takeshi, autor de grandes obras como Violent Cop(1987), Boiling Point(1990), Sonatine(1993),o sin retrotraernos tanto, la magnífica Zatoichi(2003)?

Es duro reconocer, cuando has admirado prácticamente toda la filmografía de un director, que su última obra estrenada en España sea un fiasco de la peor calaña. Simplemente decepcionante.
Takeshis no tiene ni pies ni cabeza, por lo tanto, no me voy a molestar en intentar explicar su sinopsis, ni en entresacar lo que, en teoría, Kitano ha querido construir como intrincado film repleto de artefactos, enlaces del subconsciente de sus personajes, confección de varias capas de realidades que se superponen. ¿No os recuerda esto al mismísimo David Lynch? Sin duda, este Takeshis es un burdo acercamiento a ese mundo lynchiano, pero no hay parangón posible. Sí, es cierto, Mulholland Drive, al igual que Inland Empire, desde el punto de vista argumental, son casi inaccesibles, pero David Lynch, en su experimentación más aguzada tiene el poder de atraparte y envolverte en su singular submundo de atmósferas y música inquietantes.

En la sala, sufrimos a un espécimen no pensante que no paraba de asustarnos a todos con sus carcajadas compulsivo-esquizoides, que se activaban cada cuatro segundos, sin ton ni son, y que no hacían más que desquiciar a los presentes, que intentaban comprender a un Kitano empeñado en recurrir a gags supuestamente descacharrantes (algunos sí lo son) a lo largo y ancho del film. Un Kitano sin rastro del carisma actoral que un día tuvo, pero que no ha sabido conservar. Tal vez, sí sea este el proceso de destrucción creativa al que muchos apuntan. Kantocu Banzai (2007), su última obra presentada en Cannes, ha sido rechazada.

Lo más preocupante es que esta obra no es fruto de una locura poco ensayada ni meditada, sino que ha sido el deseo que ha venido mascando Kitano desde hace años, y que por problemas de producción no ha podido llevar a cabo hasta ahora. ¡Y en qué hora!

jueves, 7 de junio de 2007

Niños que nunca existieron

Director: David Valero Productoras: IBCinema, Jaibofilms Guión:David Valero.Interpretes: Kettani Tabbai, Aziz Arbaoui. Fotografía: Enrique Vasalo. Montaje: David Valero.Productor ejecutivo:José Fernando Vigo, Miguel Molina. Jefe de producción: Esther Carretero. Montaje de sonido:José Luis Vázquez. Música:Leandro Martínez. Diseño artístico: Kamestudio

Pequeño gran tesoro

Para comenzar, una pequeña confesión: la que suscribe estas humildes líneas, cinéfila como se considera, nunca se ha sentido atraída por el visionado de cortometrajes. Sí, no os llevéis las manos a la cabeza, sé que es algo para ocultar, pero desde hace poco estoy intentando poner remedio a esto.
El mundo de los cortometrajes siempre me ha parecido un circuito cerrado de no fácil acceso, aunque no hay duda de que esta situación está cambiando mucho en los últimos años. Cada vez tiene una presencia más consolidada en los grandes festivales, por no decir que actualmente es raro el certamen que no cuenta en su programación con el apartado dedicado a cortos, de tal manera que hoy en día se está dando una amplia proliferación de festivales dedicados con exclusividad a su difusión, que pueblan tanto el territorio nacional como el internacional: desde los más consolidados como el de Clermont-Ferrand o “ Alcine” de Alcalá de Henares con sus treinta y treinta y cinco años de historia, respectivamente, pasando por los no tan longevos pero que, en poco tiempo, se han sabido hacer un hueco importante, como el “Almería en corto”, que acaba de clausurar su sexta edición, hasta los recién llegados como el “Ateneo en corto- coste cero”, centrado en trabajos de muy bajo presupuesto que no han obtenido subvención alguna.
En los últimos años se ha abierto mucho la ventana: existen espacios en la televisión, que aunque todavía minoritarios, programan muestras de cortos que han sido premiados; podemos comprar en dvd varias ediciones que compilan los trabajos de directores que dieron el salto a la elaboración de largometrajes gracias al reconocimiento previo de sus cortos, o de autores ya más que consagrados, de los que a penas se conocen sus comienzos. Existen incluso festivales por Internet, plataforma que sin duda ha facilitado enormemente el acceso al visionado de estos trabajos. Estos avances se han podido dar gracias a un cada vez más amplio apoyo por parte de las organizaciones competentes, que aunque no cabe duda de que todavía queda mucho camino por recorrer, de seguir así, cada vez serán más numerosas y mayores las oportunidades para aquellos que están empezando, principiantes que utilizan este medio a modo de aprendizaje o, simplemente, como una forma más para contar pequeñas historias o atreverse con algo más experimental, siempre con la constante de batallar con un presupuesto ajustado, que suele ser el gran muro al que se tienen que enfrentar.
A todos nos sorprendió que cortos españoles tuvieran la suficiente difusión como para poder llegar a competir en los Oscar, los premios de la gran industria por antonomasia, donde darse a conocer no es fácil. Por eso es tan importante la existencia de agencias impulsoras para la distribución de este formato. Tal vez algún día sea habitual el estreno de cortometrajes en salas comerciales destinadas al gran público, donde se proyecten cada viernes junto a sus hermanos mayores.
El corto que nos ocupa hoy, Niños que nunca existieron, es un claro ejemplo de que existen pequeñas grandes obras por descubrir, que necesitan una oportunidad para darse a conocer y salir a la luz, para que todos los aquellos que amamos el cine podamos contemplarla. David Valero, director de este trabajo, tenía claro a edad muy temprana que se dedicaría al cine. Su trayectoria se remonta a cuando contaba con doce años. Tiempo más tarde, no puede evitar esbozar una sonrisa cuando se le pregunta por sus comienzos, cuando con Bloody Field (1989) y otros cortos caseros, empezó a descubrir los secretos y posibilidades que años después le ofrecería el cine. Su trayectoria es la de un autodidacta que ha aprendido los engranajes de la cinematografía desde adentro, en contacto directo con la profesión, de rodaje en rodaje, donde ha desempeñado importantes labores de colaboración, junto a Adán Aliaga (La casa de mi abuela), quien le ha transmitido gran parte de su buen hacer en cine. Hasta la fecha ha dirigido casi una veintena de cortometrajes, la gran mayoría amateur, que le han servido de aprendizaje, rodados en vhs, s-vhs, hi8 y digital, y otros más recientes, premiados en algunos festivales: Mi novia Marta (2000), Princesa (2001), Un día de oleaje en Torremolinos (2003), este último a modo de sketch cómico, muy ameno y divertido.
Tal vez resulte demasiado directo y atropellado, pero no hay por qué andarse con rodeos: Niños que nunca existieron es un cortometraje ejemplar, tanto en su composición y aspecto técnico como en su contenido y compendio final. Pese a contar con un presupuesto ajustado, David Valero ha demostrado sobradamente mantenerse firme y constante frente su propósito inicial. El proceso de elaboración no ha sido un camino de rosas: un rodaje en 35 mm de diecisiete días intensos, con algún que otro contratiempo (como suele ser habitual), sumado a un periodo de posproducción más dilatado de lo que cabría esperar, pero siempre meticuloso y cuidando al máximo el detalle, a pesar de tener que delegar parte de este trabajo a los grandes estudios, donde supuestos profesionales que deberían garantizar una labor irreprochable, en casos particulares muestran poca o nula consideración hacia dicho trabajo.
David Valero apostó fuerte por un equipo formado principalmente por gente con apenas experiencia en cine, que no solo no le han decepcionado, sino todo lo contrario. Claro ejemplo de esto son los niños actores, que hacen gala de una naturalidad y una frescura sorprendentes en sus interpretaciones, tanto que se hace difícil creer que no hubieran tenido alguna experiencia previa. A pesar de dicha impericia, todos ellos se comprometieron con el proyecto plenamente, con la motivación de hacer las cosas lo mejor posible. El resultado de ese empeño no ha podido ser mejor.
La historia de Niños que nunca existieron nos traslada a una realidad no tan lejana como podríamos creer, donde los niños sobreviven a su árida infancia y aprenden a adaptarse a un medio de constante amenaza, en el que el sonido de los disparos es casi el único murmullo que resuena en su entorno. Guerra de guerrillas, guerrilleros infantes que ciñen contra su menudo cuerpo el arma cargada por cuya mirilla se asoman a una existencia devastadora que apenas alcanzan a entender. Partiendo de la premisa, la cinta se encuadra próxima al cine de protesta y denuncia, pues pese a ser una obra breve, tiene discurso y contenido suficiente para la reflexión. Sus veinte minutos de metraje son un lapso, como una ventana a la que te asomas, la brutal transparencia te abofetea de manera inesperada, como un frío viento polar, dejándote el corazón helado. Una vez sobrecogido, cierras a toda prisa esa ventana para reencontrarte de nuevo con tu cómoda realidad.
En el tramo final del film, David Valero ha apostado por un portentoso cierre. Emplea el apartado destinado a los títulos de crédito como epílogo, es la continuación y resolución de la historia, donde sutilmente nos relata la suerte que corre uno de los protagonistas. Todo en un alarde de originalidad e ingenio que sin duda dejará con la boca abierta hasta al más despistado.
Destacaría, entre otros aspectos, el poder de las imágenes. A pesar de contar con muy escasos diálogos (rodados en árabe), las imágenes se caracterizan por su gran fuerza narrativa, cualidad del mejor cine mudo, que explotaba al máximo el potencial de cada uno de los fotogramas para con lo esencial: transmitir al espectador una idea y así sacar el máximo partido. La banda sonora, formada por melodías árabes, está escogida con buen gusto. Música e imágenes se comprenden a la perfección. Un placer para los sentidos…
Todo está preparado en Alicante, ciudad natal del director, donde se estrenará Niños que nunca existieron, el próximo 6 de julio. A partir de entonces, este pequeño gran tesoro emprenderá el periplo de festivales, donde -es fácil augurar- logrará sorprender tanto al público como a los jurados y a la crítica por igual, cosechando múltiples premios que, sin duda alguna, merece.
David Valero, cabeza inquieta donde las haya, ya está inmerso en un nuevo proyecto, el que será su primer y prometedor largometraje, llamado Absence, una historia de intriga con mucho de género fantástico y terror psicológico. Pero para eso, todavía tenemos que esperar. Ahora disfrutemos del cine en estado puro con Niños que nunca existieron (www.nqne.com).


África Sandonís Consuegra

sábado, 12 de mayo de 2007

The Fountain





Dirección: Darren Aronofsky Guión: Darren Aronofsky Producción:Iain Smith, Eric Watson, Arnon Milchan Intérpretes: Hugh Jackman, Rachel Weisz, Ellen Burstyn, Mark Margolis, Sean Patrick Thomas Fotografía: Matthew Libatique Música: Clint Mansell Montaje: Jay Rabinowitz Diseño de Producción: James Chinlund País: EEUU Año: 2006 Duración: 97 min

La fuente de la incomprensión
Después de un obligado retiro a un lugar apartado de cualquier mínimo resquicio de felicidad, allá en los infiernos donde los enfermos cumplimos condena y los médicos creen curar, donde en ocasiones surrealistas un mísero caldo insustancial puede llegar a ser como el manjar que todos los dioses degustaron, intento recuperar poco a poco mi querida rutina, buscando incesante la energías renovadas de las que he oído hablar. Pero tranquilos, en este tiempo no creáis que he abandonado mi pasión por el cine, entre botella y botella de suero, he tenido el tiempo suficiente como para aprovisionarme de mi querido portátil y poder degustar (aunque, sin duda, con un regusto algo amargo), varios dvds, algunos que he vuelto a revisar y otros que tenía pendiente por descubrir. Eso, queridos amigos, es lo que me ha curado.

Tras mi salida, decidí volver a ver en la gran pantalla The Fountain, película que ya había podido ver en la última edición del festival de Sitges. Como decía antes, es curioso cómo un estado de ánimo concreto, normalmente resultante de las diferentes circunstancias que nos rodean en un momento determinado, puede influir de manera más que demostrada en que podamos disfrutar en mayor o menor medida de un film.
Pese a convertirse en la película más esperada de Sitges 2006, lo que supone una predisposición más que suficiente para que el último trabajo de Aronofsky nos entrase directo a la yugular, proporcionándonos a todos un soplo de vida, ese buen sabor de boca que todos deseábamos, en mi caso no fue así. Puede ser que las expectativas fueran demasiadas. Seis largos años de espera para poder ver por dónde caminaría Aronofsky son muchos. Todos pensábamos que algo bueno se estaba gestando, a pesar de los rumores que iban y venían sobre los problemas de producción que no hacían más que retrasar la salida a la luz de la nueva criatura. Según declaraciones del propio director, la película que hubiésemos podido ver en caso de que Brad Pitt no se hubiera descolgado del proyecto, hubiese sido radicalmente diferente a la que finalmente hemos visionado. A pesar de la decepción de aquel momento, en el que no supe con certeza en qué había fallado Aronofsky, solo sentí que no me había transmitido, me dejó demasiado indiferente, sin embargo tuve claro que en cuanto se estrenara, volvería a verla en la gran pantalla, quería darle una segunda oportunidad, precisamente, por mi confusión en aquel momento, por mi incapacidad para argumentar el por qué del desencanto.

¿Qué ha cambiado esta vez, para que mi opinión sobre el film sea radicalmente diferente? De no haber percibido un ápice de sentimiento, a descubrir un mundo de sensaciones a flor de piel, como ese árbol lleno de vida que se estremece ante la cercanía de una mano. Algunos films requieren un esfuerzo extra por parte del espectador para poder alcanzar el nivel de comprensión adecuado para conectar con la película, sobre todo cuando la trama encierra alguna dificultad argumental, como creo que es el caso de The Fountain, donde existen diferentes estratos superpuestos. El protagonista encarna a tres hombres en contextos y tiempos muy diferentes. Comparten un objetivo común, que sin duda es lo que los une. Son tres identidades indisolubles de un mismo ser, cuyo afán es tan imposible como tenaz en su propósito: conseguir la vida eterna, poder combatir algo tan común como es la enfermedad, que en definitiva, es la que nos arranca la vida. Cada identidad lo buscará incesantemente por caminos distintos: el científico, es la figura racional y terrenal. Se enfrenta sin resignación alguna a la búsqueda de una cura para la enfermedad que padece su amada, mediante la repetición incansable de experimentos que prueben el principio activo de una planta con supuestos poderes anticancerígenos. El conquistador del siglo XVI, personaje de una novela que está siendo escrita por Izzi ( Rachel Weisz), con su valentía escudriñará una localización estratégica hasta encontrar el árbol que le otorgará la vida eterna a él y a su reina. En tercer lugar, el asceta, recluido en la burbuja de la espiritualidad plena y absoluta, que con su combinación de hierbas a modo de bálsamo intentará encontrar el consuelo y alivio necesarios para afrontar con madurez espiritual algo tan inevitable como es la muerte. La preocupación y lucha de estos tres seres es atemporal, tan antigua y tan reciente como la humanidad misma.
En realidad, el motor precursor de la historia que Aronofsky nos cuenta, no es ni más ni menos que el sentimiento de profundo amor que siente la pareja protagonista, interpretada maravillosamente por Hugh Jackman y Rachel Weisz (no puedo imaginar en estos papeles a Brad Pitt y a Cate Blanchett, que fueron los primeros candidatos) unidos como nunca y a la vez alejados poco a poco por una enfermedad irreversible.

Algo tan manido como puede ser una historia de amor, aquí resulta, por la forma en que es contada, algo tremendamente original y por consiguiente arriesgado. Muchos de sus seguidores se sentirán defraudados, entre otros motivos por tener muy poco en común con sus dos anteriores proyectos, lo que a mi entender, es un punto a su favor. En sus dos anteriores trabajos dejaba claro que es un director de difícil clasificación. Con π Fe en el caos (1998) nos presentó una historia en blanco y negro nada convencional con aires de trabajo experimental, en la que un matemático aquejado de fuertes jaquecas asevera en los primero minutos de metraje: “Reitero mis sospechas. 1) Las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza.2) Todo lo que nos rodea se puede representar y entender mediante números…”. A partir de ahí se desarrolla una intriga conspirativa en la participarán desde un judío sectario hasta una firma de Wall Street.
Dos años más tarde, se puso manos a la obra con Requiem for a Dream(2000). En esta adaptación de la obra homónima de Hubert Selby Jr., Aronofsky quería plasmar el oscuro mundo que se crea tras el consumo descontrolado de drogas, todo desde la subjetividad de sus personajes, para lo que recurre al empleo de técnicas nuevas o poco vistas. Gracias al éxito cosechado con esta película, se le abrieron las puertas. Por sus manos pasaron proyectos nuevos donde poder elegir, algunos tan golosos como dirigir Batman Begins que finalmente llevó a cabo Christopher Nolan.
Es posible que muchos tachen a The Fountain de proyecto grandilocuente y pretencioso, lo que no me atrevería a rebatir. Sin duda el deseo de Aronofsky ha sido ambicioso.Siempre le ha preocupado qué contar, trabajar sobre una historia con empaque, pero sobre todo el cómo contarlo, dejando a un lado formulismos, y protocolos que seguir al dedillo. Con The Fountain, Aronofsky ha querido dar un paso de gigante. Ha tirado para adelante contra viento y marea, tomándose su tiempo. Nada en esta película es capricho del azar, todo está meticulosamente pensado, su intensidad estudiada, pincelada tras pincelada impregnada con sumo cuidado, hasta lograr conformar este gran cuadro, frente al que si salta la chispa necesaria, quedarás hipnotizado contemplando la poética transcrita en sus imágenes, a ratos demasiado oscuras, a ratos resplandecientes, como es la propia vida. La música, de nuevo de Clint Mansell cumple a la perfección su cometido, acentúa el potencial visual de la cinta.

Sin embrago, como punto negativo de este conjunto sobresaliente, destacaría la resolución final como excesiva y rimbombante, que tiene lugar como colofón de la ostentación que había desarrollado a lo largo del film.

Ha tenido una gélida acogida en el festival de Venecia, donde por lo visto, se llegaron a escuchar abucheos, o como pude observar en la reacción de la gente que me acompañaba en la sala. Tal vez el error esté en pensarla, es una película para sentir. Quien sabe si The Fountain sea una de esas películas incomprendidas en su propio tiempo y un buen día, la crítica especializada mire hacia atrás, y como en otras ocasiones se pregunte a sí misma por qué esta obra ha sido tan maltratada y tan poco entendida. Quizás sea solo cuestión de perspectiva.



lunes, 2 de abril de 2007

El último rey de Escocia


Dirección: Kevin Mcdonald Intérpretes:Forest Whitaker, James McAvoy, Kerry Washington, Simon McBurney, Gillian Anderson Guión:Peter Morgan, Jeremy Brock Fotografía: Anthony Dod Mantle Montaje: Justine Wright Música:Alex Heffes Duración: 121 min

El carnicero de Kampala.Más allá de la ficción.

La figura de Idi Amín, al igual que la de muchos otros dictadores, siempre ha estado envuelta por un cierto misterio, debido a la idiosincrasia por la que se dio a conocer en todo el mundo. Persona con grandes ínfulas de poder, comenzó su carrera como militar hasta ganarse la confianza de Obote, para en 1971 utilizar esta posición privilegiada y tomar por la fuerza el mandato, convirtiéndose durante los ocho años siguientes en unos de los tiranos más despreciables que la historia ha conocido. Sus comienzos fueron lo suficientemente buenos como para embaucar, primeramente a su pueblo y también al resto de países atentos a este nuevo cambio, siendo apoyado abiertamente, debido a la creencia de que sería alguien que liberaría a Uganda de la opresión y marginalidad en que estaba sumida, y que proporcionaría aires de renovación, con una política decididamente de izquierdas.
En este punto arranca El último rey de Escocia. Con la llegada de un médico escocés recién licenciado a uno de los poblados más necesitados de Uganda, coincidiendo con el brusco cambio político que estaba produciéndose en el país, tras el golpe de estado perpetrado por Amín. Vemos cómo tras ostentar el cargo de médico de confianza de Amín, se ve excedido por las circunstancias y condiciones a las que tiene que hacer frente.

Basada en la novela homónima multipremiada de Giles Poden, su gran atractivo reside en la combinación inteligente entre ficción y realidad, en la utilización como recurso introductorio del personaje del médico, elemento que funciona como puente entre la parte novelada(a veces muy poco creíble, sobre todo en la resolución final) y los acontecimientos reales, situándolo dentro del círculo más próximo de Amín. El espectador es testigo de la transformación del dictador, a medida que el film va proporcionando detalles veraces de su biografía. Sin embargo, ahí queda todo. No acomete ni indaga el apartado que corresponde a la reflexión sobre el por qué de esa conversión, ni se pregunta por los posibles mecanismos que se activan en la psique humana para que alguien en virtud del poder, llegue a cometer miles de asesinatos en su propio pueblo.

Kevin Macdonald, que había dirigido anteriormente los documentales Touching the void y Un día en Septiembre, cambia ahora de registro aunque manteniendo su condición de documentalista. Tomó la decisión de rodar en Kampala, para lo que tuvo incluso que negociar con el presidente Yoweri Museveni. Respaldado por un gran equipo(, quería conseguir el entorno perfecto para situar esta historia, lo que sin duda, fue todo un acierto.

Macdonald opta por mostrar de forma indirecta el atroz modus operandi de Amín, elude en lo posible escenas de hemoglobina y carnaza (lo que a más de uno le tentaría) y deja que intuyamos las trágicas consecuencias como desenlace de las decisiones del tirano.

La mejor baza de esta cinta son las interpretaciones. Principalmente la de Forest Whitaker, que construye un personaje perfectamente creíble, evidenciando la compleja personalidad que caracterizaba a Amín, y la de James McAvoyla, que si bien da la talla, su actuación queda soterrada en gran medida por su compañero de reparto.

Han sido muchos los estrenos que recientemente han abordado la problemática que existió, sobre todo durante los años setenta y ochenta, en la África negra: El jardinero fiel, Hotel Rwanda, Atrapa el fuego, Diamantes de sangre, etc. Como viene siendo habitual, cada vez que triunfa en taquilla una película, es solo cuestión de tiempo que aparezcan otras con temáticas similares, aprovechando el tirón comercial, como champiñones a la sombra del árbol frondoso, sin tener que significar esto que no merezcan la pena, como es el caso de El último rey de Escocia.

lunes, 26 de marzo de 2007

Gerry




Dirección: Gus Van Sant. País:USA. Año:2002. Intérpretes: Matt Damon(Gerry) Casey Affleck( Gerry).Guión: Casey Affleck, Matt Damon, Gus Van Sant. Producción: Dany Wolf. Música: Avo Pärt. Fotografía: Harris Savides. Montaje:Gus Van Sant, Matt Damon, Casy Affleck


Caminante no hay camino, se hace camino al andar


¿Y si te dijeran que vas a ver una película que cuenta con tan sólo dos personajes, escasos y breves diálogos y en la que a lo largo de 103 minutos de metraje casi lo único que se te muestra es cómo los protagonistas deambulan de aquí para allá con un propósito inicial nada claro para el espectador? Gerry es exactamente eso.
No sabemos nada de los Gerrys (punto extraño es que ambos se llamen mutuamente Gerry), no hay presentación alguna, casi nos topamos con ellos por casualidad. El film arranca con un largo travelling, vemos un coche que circula por una carretera poco frecuentada y polvorienta. En seguida nos percatamos de la hermosa música de Avo Pärt que nos envuelve, casi nos hipnotiza, mientras intentamos descubrir qué encierran esas imágenes. En el interior del coche viajan estos dos jóvenes callados, que llegados a un punto deciden detener el vehículo, bajarse de el y comenzar a andar en dirección a un lugar en el que, parece ser, nunca han estado. Van Sant nos deja espacio suficiente para que podamos imaginar cómo son. Quizá sean universitarios que viven en una típica residencia de estudiantes alejados del hogar familiar, y que, por lo poco que podemos entresacar de sus conversaciones, son aficionados a juegos de rol o videoconsolas. Han decidido dejar atrás sus rutinas para salir a pasar un día diferente al aire libre en un entorno montañoso. Parecen buenos amigos, seguramente se conozcan desde que empezaron el colegio, han vivido juntos innumerables experiencias, la mayoría divertidas y memorables pero también han pasado por momentos no tan buenos. En fin, podría seguir elucubrando sobre cómo es la vida de estos dos desconocidos, pero me llevaría hasta mañana a esta misma hora.
Y es que, si algo proporciona esta cinta es la oportunidad de imaginar y perderse mientras observas atónito los interminables planos. Pasados los 15 minutos iniciales (durante los cuales has pasado de la expectación a la incredulidad y viceversa varias veces por segundo) existen solo dos opciones: la más inmediata sería alargar el dedo y cual movimiento espasmódico raudo y fugaz apretar el botón de stop del mando a distancia y pasar a otra cosa…o envalentonarse frente al reto e intentar dilucidar por qué esa parquedad narrativa, por qué esas largas tomas de los Gerrys caminando, por qué esas imágenes que resaltan tremendamente el entorno y que por momentos pueden parecernos huecas o hermosas y poéticas…ante todo, nos encontramos perdidos, tanto o más que ellos.
Lo asombroso es que a pesar de haber leído anteriormente sobre el film y estar más que advertida sobre sus propiedades somníferas, trascurrida la primera media hora aun guardaba la esperanza de presenciar un giro de 180 grados sorprendente a todas luces y no se... que los personajes empezasen a hablar por los codos cual W.Allen en plena crisis o que salieran a su encuentro los mutantes de Las colinas tienen ojos, que habían estado aguardando impacientes a su paso. Pero no, esa sería otra película con ingredientes mil veces vistos. Gerry se aleja totalmente de los códigos convencionales, es cine experimental en estado puro
Cuando termina la película viene el turno de sacar conclusiones sobre lo visto y dar respuesta a tanto por qué. Después de un largo planteamiento donde no hay explosión narrativa y el desenlace se masca desde la mitad de la cinta, impresiona la capacidad que tiene para hacernos sentir los momentos tan desasosegantes que viven los dos jóvenes. Estás dentro, con ellos, perdido, sin rumbo. Llegas a la meta casi sin aliento, pero con buen sabor de boca. Podríamos pensar que los dos Gerrys son en realidad una sola persona, metáfora del descubrimiento interior, un viaje existencial por el que en algún momento todos pasamos. Cada uno que elabore su propia conclusión…
Como a veces ocurre con la distribución de algunas cintas en nuestro país, Gerry pudimos verla en las salas después del estreno de Elephant, aunque su realización fuese anterior. Creo que se la podría recomendar a aquellos cinéfilos atrevidos, osados, aventureros, sedientos de propuestas nuevas, de fórmulas casi nunca vistas. Ante todo Van Sant es un cineasta valiente, que sabe lo que se hace y que en cierta manera busca una complicidad muy especial con el espectador, que eso siempre es de agradecer.

domingo, 18 de marzo de 2007

La vida de los otros




Cuando George Orwell escribió 1984, recreó una sociedad totalmente sometida, gobernada por un poder supremo y absoluto, controlador de cualquier movimiento de unos ciudadanos oprimidos bajo una forma única de pensar, siempre a favor del partido, faltos de cualquiera de las libertades más básicas como pueden ser la de expresión o de asociación, siendo vigilados de forma constante para impedir cualquier propósito de rebelión, manteniéndose siempre alerta de alguna posible hostilidad hacia el régimen imperante.
Orwell había sido testigo de lo que ocurrió en la Alemania nazi y en el comunismo estalinista, lo que sin duda utilizó para desarrollar su novela. Treinta y seis años después de escribirla, curiosamente en 1984, justo antes de la caída del muro de Berlín, centra su historia La vida de los otros, película merecidamente ganadora del oscar a mejor película de habla no inglesa, de siete de los premios del cine alemán y de otros tres del cine europeo 2006.
En la Alemania del Este, la RDA, con la ayuda de la Stasi (el servicio de inteligencia) aboga por una sociedad socialista separada del capitalismo amenazante, asegurándose de que las actividades políticas de sus ciudadanos no fuesen incorrectas ni conspirativas. Especialmente son perseguidos y estudiados los artistas, considerados como librepensadores que pueden ser peligrosos por promover ideas alejadas de los intereses del partido. Gerd Weisler, uno de los trabajadores más infalibles de la Stasi, se enfrenta a una nueva misión en la que tendrá que vigilar al director de teatro George Drayman, que empieza a cosechar cierto éxito y a su novia, que es actriz. Durante todo el film vemos cómo Weisler desarrolla su trabajo, entremetiéndose en la vida privada de esta pareja, mientras que desde un desván escucha meticulosamente las conversaciones que tienen lugar en su casa, haciéndonos partícipes de las inquietudes y tejemanejes que se cuecen en el entorno más próximo de los artista, que cuentan con amigos que ya han sido coaccionados y no pueden ejercer su profesión, y de los altibajos que sufre su historia de amor. Sin embargo, la alta eficacia de Weisler se verá mermada cuando entra en juego su punto más humano. Tras ir conociendo a sus vigilados, su firmeza y análisis se irán desplomando poco a poco dejando paso a un cúmulo de sensaciones contradictorias, que sin dar más detalles, pudieran llegar a rozar, lo que en su día llamó Orwell “crimental”. Hay escenas memorables, pero me quedo con una: en la que Gerd Weisler se ve envuelto a través de sus auriculares por una pieza de piano que toca George Drayman, dejándose llevar por la emoción de escuchar algo tan hermoso. El arte es algo puramente humano que no nos puede ser arrebatado.
Toda historia siempre tiene al menos dos puntos de vista sobre los hechos que marcaron una época, y por norma, estos tienden a situarse en polos rematadamente opuestos. Sin ir más lejos, otra de las escasas películas que han decidido retratar cómo fue la vida en la RDA, es Good bye Lenin!, con personajes que vivían en esa Alemania Oriental, orgullosos de pertenecer al partido, de sus ideas socialistas, y con una firme postura de apoyo a la política de la RDA. De ambas películas se puede extraer una crítica a lo que fue un intento frustrado de comunismo, pero enfocadas de maneras muy diferentes.
Aunque no lo parezca, La vida de los otros es la ópera prima del director Florian Henckel Von Donnersmarck, que ha demostrado un alto nivel, destacando también en su trabajo como guionista. Uno de los aspectos que más ha cuidado es la fotografía, que a pesar de los constantes tonos grises, y la poquísima variedad de sus decorados, consigue imágenes de gran belleza, dando máxima importancia y protagonismo a las actuaciones, que sin duda son dignas de mencionar, sobre todo el complicado papel de Ulrich Mühe.
La vida de los otros no es una distopía como lo es 1984 o tantos otros títulos que han retratado sociedades subyugadas (Un mundo feliz, Fahrenheit 451,Walden Dos…), es una historia de gente real con miedo a ser ellos mismos y ser castigados por ello, miedo a ser leales a sus propios principios y anteponerlos frente a las consecuencias que les pueda conllevar. Lamentablemente, esta es una de esas historias que por semejanza, se puede extrapolar a muchas de las realidades que hoy en día siguen existiendo en otros lugares y aunque nos parezca algo ya superado, sigue teniendo vigencia.




jueves, 8 de marzo de 2007

Inland Empire




Muy poco se puede decir sobre Inland Empire que no sepáis, porque aquello que realmente queréis averiguar, aquello que no os deja dormir por las noches, sobre lo que pensáis constantemente desde que visteis el film, es un enigma que al igual que vosotros, el resto de aquella gran minoría que nos hemos acercado a una sala de cine a verla, también nos cuestionamos. Pero, no os sintáis mal, no os creáis torpes por no saber cual es la trama de esta película, porque sencillamente no tiene. Y no es que yo lo diga, sino que el propio Lynch ha reconocido sin ningún pudor ni complejo que trabajó sin guión, y rodaba según se le ocurría una escena, aunque no supiese cómo encajaría con el resto.La improvisación es su método de trabajo y mucho han tenido que ver en esto las facilidades y libertades que le ha proporcionado el rodar en digital, (labor que le ha llevado más de dos años) lo que le confiere al film un acabado más sucio, de baja definición, una textura de obra experimental de video arte, abusando de planos realmente incómodos, en los que el acercamiento con la cámara a los rostros de los actores llega a ser extremo. Si partimos de estas referencias, ¿por qué permanecemos en el empeño de buscar en Inland Empire una estructura lineal que creemos subyaciendo bajo sus bucles? Tiene un comienzo, con una base que podríamos definir como convencional, pero que no está exenta de elementos desconcertantes y no poco surrealistas, como la conversación con la que abre el film, entre la extrañísima vecina gesticulante con actitud desafiante que visita a Nikki Grace (magnífica Laura Dern) a la que le hace una serie de advertencias y pronósticos delirantes (“si fuese mañana usted estaría allí sentada”). Después vemos cómo los actores Nikki Grace y Devon Derk(Laura Dern y Justin Theroux) se preparan para el rodaje de una película. En uno de los ensayos el director (Jeremy Irons) les informa de que no es una idea original, sino que será un remake de una película de origen polaco que no se llegó a terminar porque los dos actores protagonistas murieron. Entre tanto, pequeños fragmentos de su serie Rabbits. Durante este ensayo, Devon se levanta porque escucha un ruido, como si alguien hubiera entrado. Se aproxima a una puerta donde leemos la palabra Axxonn. Y sucede, lo que es común en casi todas las películas de Lynch( sobre todo en las tres últimas), que llegado un momento del metraje, existe un punto de inflexión, a partir del cual todo salta por los aires en un vuelo sin retorno. Si alguna vez hubo lógica y coherencia, en cuestión de un segundo dejan de existir, dejando al espectador en mitad de un desierto donde cualquier atisbo de comprensión es como un oasis ficticio, mera ilusión. Muchas veces el esfuerzo por encontrar un nexo concordante entre las escenas que se presentan ante nosotros ordenadas al antojo de Lynch, es pura frustración, y más que ninguna en toda su filmografía, ocurre en Inland Empire, que tiene no pocas similitudes con sus dos anteriores films, Mulholland Drive y Carretera Perdida, principalmente por los personajes que las pueblan: sus potagonistas sufren trastornos de identidad, que buscan una vía de escape a su angustia vital y problemas personales, traspasando mundos paralelos, entre lo onírico, el subconsciente y la fantasía, mezclado en una coctelera con unas gotas de la realidad que el resto de personajes perciben. Todo esto da lugar a un aluvión de situaciones en las que las puertas de tránsito se abren y cierran sin apenas percatarnos.
Lynch siempre va un paso por delante, su mundo de inventiva es en gran parte inaccesible para el resto de la humanidad, solo él conoce el por qué, no es fácil penetrar en su laberinto y los que lo hacen, solo pueden conseguirlo dejándose llevar, entregándose a esa experiencia sensorial que son sus films. Lynch es un cineasta sobradamente consagrado que ha demostrado saber moverse en diferentes ámbitos, desde el cine más experimental al más clásico como se puede ver en El hombre elefante y Una historia verdadera. Es evidente que es un creador para sí que se encuentra totalmente apartado del starsystem. No necesita ni busca el beneplácito de crítica y público, siendo a veces necesaria una lucha encarnizada con los productores para poder preservar su obra tal y como él la gesta desde un principio, pudiendo así exhibir, aunque en pocas salas, sus 172 minutos de Inland Empire.
En conclusión, Inland Empire tiene un poder hipnótico, para algunos porque literalmente se dormirán en la butaca y para otros porque después de salir de la sala, con el paso del tiempo, irán descubriendo que les ha aportado más de lo que esperaban, como si a través de sus imágenes Lynch nos inoculara en la retina un germen que se va desarrollando poco a poco hasta provocar confusión y tener la necesidad, por pura cinefilia, de entregarse a otra sesión de Inland Empire